HACIA UNA PEDAGOGÍA EXPERIENCIAL
Lilian Arellano Rodríguez
La pedagogía es
experiencial: “se hace cargo”, “carga” y “encarga de la realidad”
Podemos
indagar (investigar) y no enseñar, pero no podemos enseñar sin habernos
preguntado antes por la realidad; sólo así es posible direccionar la
creatividad y optar por aquellas respuestas que impliquen un “cultivo de…” y no
una “destrucción de…”. En nuestro caso, como educadores a través de alguna
especialidad, deberemos aventurarnos tanto en la realidad a enseñar como en la
realidad de quiénes enseñaremos.
Ahora
bien, conocer nuestros educandos es conocer la realidad que viven; entender
cómo la experimentan, qué sentido y valor le dan en el marco y horizonte de sus
biografías irrepetibles. Conocer nuestros alumnos no es cuestión de
investigación de probabilidades estadísticas o juego de variables que podrán
ser eficaces, no cabe duda, en un ámbito donde A=A; pues la existencia personal
es una historia única que como tal sólo podrá revelarse en el encuentro
interpersonal, en la convivencia y en la narración. Así, la única forma de
entender la fuerza, sentido y dinámica de las experiencias de vida de nuestros
alumnos será en nuestras propias experiencias. Por ello es importante afirmar
que la pedagogía es “pedagogía experiencial”.
Pues bien, nos
apropiaremos de una distinción que hacía Ignacio Ellacuría respecto tres
momentos éticos, para aplicarlos como principios metodológicos de lo que
llamaremos “Una Pedagogía Experiencial”: 1) hacerse cargo de la realidad, 2)
cargar con la realidad y 3) encargarse de la realidad.
1.
«Hacerse cargo de la realidad» implica
entender una situación real que tenemos ante nuestra mirada; tener claridad
sobre los elementos que conforman e influyen en esa situación, en cómo se
conjugan esos elementos- Implica que, como educadores, que debemos conocer la
situación en que se encuentran nuestros educandos, sus mundos, intereses,
temores, agobios, fortalezas, debilidades, oportunidades, aspiraciones…
2.
“Cargar con la realidad” implica determinar y analizar los distintos
grados de responsabilidades que se articulan en una situación; distinguiendo
entre causas, influencias y condiciones. La causa es la determinante. Si no
tienes el don o virtud del canto, por ejemplo, jamás podrás cantar bien, aunque
tengas la oportunidad de acceder a los mejores maestros de canto. Pero si
cantas bien, la causa es tu don y tu esfuerzo por realizarlo; el maestro ha
sido una buena y a lo mejor gran influencia o apoyo positivo, que ha facilitado
la acción de la causa que es siempre íntima; pues somos libres. Ahora bien,
podrás saber cantar; pero si estás afónico o estás en un recinto donde se debe
guardar silencio; hay que esperar o hacer algo para que cambien las
condiciones. Es claro que por muy sanos que estemos de garganta y hayamos
tenido muy buena escuela, sin don y amor por el canto, no cantaremos como
deberíamos hacerlo. Análogamente, sólo una vez que tengamos claridad sobre las
causas, influencias y condicionantes de las situaciones que marcan la historia
de vida de nuestros educandos, estaremos en condiciones de “encargarnos de la
educación de ellos”
3.
“Encargarnos de la realidad” implica
estar en condiciones de poder asumir una responsabilidad frente a quienes nos
hemos comprometido. Es el momento de responder, de asumir la propia
responsabilidad; de tomar las riendas para guiar a quienes nos corresponda por
buenos caminos y, si no existen, construirlos. Es el momento de buscar o crear
un buen material que resista los embates negativos y otorgue seguridad a
educandos y educadores. Es el momento de liderar para instar a otros a
colaborar en la misma ruta. De algún modo, si mi alumno fracasa, yo fracaso…
Alfonso
López Quintás, afirmaba en el libro que escribiera junto a Gustavo Villapalos:
“La responsabilidad es siempre proporcional a la dignidad. La dignidad de quien
consagra su vida a orientar a niños y jóvenes es muy alta. Se hace responsable
del futuro de estas personas y, consiguientemente, de la sociedad”
Antes de
hacernos cargo de otros, debemos hacernos cargo de sí mismos.
Entender o entendernos no es fácil. Por ahora, digámoslo en forma simple: Somos
lo que hemos ido haciendo de nosotros a lo largo de nuestra trayectoria de
vida; en ello debemos incluir lo que podíamos o debíamos haber sido y no fuimos
y lo que podríamos o deberíamos ser y aún no realizamos. Entender el actuar
personal, es mucho más complejo que tener a la vista un relato de hechos o
datos sobre la vida de alguien. A veces la explicación o comprensión de una
actitud, decisión o comportamiento está en la interpretación o sentido que
hemos dado en el pasado a una experiencia que, para otros, podría no tener
mayor incidencia. Si no lo aplicamos a nosotros, mal podríamos guiar a nuestros
alumnos en este hacerse cargo de ellos mismos.
Es necesario instar a reflexionar sobre nuestras experiencias.
Nuestra
vida es un continuo de experiencias o vivencias que van configurando lo que
llamamos nuestra biografía o historia de vida. Se trata de experiencias de
diversa envergadura o impacto; tanto para nuestra existencia como para la de
los demás; experiencias no siempre reflexionadas que, sin embargo, pueden
alcanzar el rango de acontecimientos, esto es, marcar el rumbo de nuestras
vidas, con su carga de posibles e imposibles. Por ello, no es más sabio quien
más ha vivido sino quien constantemente va extrayendo principios de vida a
partir de lo experimentado. Podemos pasar por la vida o vivirla con mayor o
menor profundidad, dependiendo de cuánto vayamos aprendiendo de la misma. Así,
nuestra vida es la historia de nuestras experiencias y de la reflexión sobre ellas,
lo que es también una experiencia: la experiencia de reflexionar sobre la
experiencia. Así, no es lo mismo la experiencia de amar –estar amando- que la
reflexión sobre qué significa amar o que amemos a tal o cual persona. Tampoco
es lo mismo ser agredidos o agredir que reflexionar sobre ello, buscando sus
causas y consecuencias. Tengamos presente, entonces, que la reflexión sobre una
experiencia será siempre sobre una experiencia pasada y que ese pasado podrá
ser próximo o remoto.
Aclaremos
que no reflexionar sobre nuestras experiencias de vida no significa que éstas
sean algo oscuro o inconsciente. Quien en estos momentos está leyendo estas
líneas no está reflexionando sobre su experiencia de leer, pues ello le
impediría leer; pero ello no implica que su leer sea inconsciente. De hecho, si
le preguntamos qué está haciendo, dirá:”leyendo”. Lo habitual es, entonces, ser
“conscientes no –reflexivos” respecto nuestras experiencias o acciones. La
reflexión sobre nuestras experiencias nos lleva más allá que la toma de
conciencia; implica el acto de volver la mirada hacia nuestro interior, hacia
lo que nos está aconteciendo. La reflexión es una introspección, un volverse
sobre sí mismo que puede revelarnos las causas, condicionamientos y elementos
que están conformando nuestra forma de existir, en un momento de la historia de
nuestras vidas; en una situación determinada. Esta reflexión podrá permitirnos
descubrir, entender e incluso replantear el curso mismo de nuestras
existencias; evaluar nuestros proyectos personales y la forma de llevarlos a
cabo y, por último, extraer aquellos principios que nos orientarán en futuras
decisiones y se constituirán como criterio de crecimiento, estancamiento o
destrucción personal. Nos permite, en otras palabras, hacernos cargo de nuestra
realidad.
¿Qué nos sucede, qué sentido tiene tal o cual decisión, qué significa tal
acontecimiento o persona en nuestras vidas, qué experiencias nos hacen crecer y
cuáles nos consumen, qué es lo más importante, qué debemos asumir y qué superar,
cuáles han sido nuestros errores y aciertos y cuáles sus consecuencias? En fin,
son muchas las reflexiones que necesitamos hacernos constantemente para no
perdernos en un mundo cada vez más apremiante y conflictivo que, así como nos
ofrece múltiples posibilidades, también nos pone cada vez mayores dificultades
para alcanzarlas en forma honesta.
Nuestra experiencia es única e indivisible; se da en una situación única e
irrepetible…
En
cada una de nuestras experiencias está involucrado todo nuestro ser personal;
no puede ser de otra manera; somos indivisibles: afectivos, inventivos,
morales, intelectuales, sociales (familiares, amigos, adversarios, habitantes,
ciudadanos, etc.), creyentes, más o menos saludables o vitales y todo ello en
un constante y continuo acontecer que va conformando nuestra historia de vida.
Indivisibles, complejos por nuestra riqueza de ser, únicos e íntimos, vivimos
situaciones también únicas, que dan una tonalidad a nuestra existencia según
sean predominantemente afectivas, morales, intelectuales, religiosas, sociales,
corporales, estéticas, etc. Durante el nacimiento de un hijo, por ejemplo, para
la madre predominará la dimensión afectiva, mientras para el médico la
intelectual; pero, en ambos casos, está allí cada ser involucrado por entero en
esa experiencia: su historia de vida, sus valores, sus conocimientos, su
afectividad, sus creencias… Entender una experiencia de vida, implica tener
presente todas sus dimensiones; sin olvidar que somos únicos e indivisibles, en
situaciones de vida también únicas e irrepetibles. Una reflexión sobre nuestra
experiencia debe considerar que ésta se da no en el vacío sino en un espacio y
un tiempo determinado, que forman parte explicativa de la misma.
La reflexión
sobre lo que nos acontece no es inmediata.
No
cabe duda la importancia de la reflexión sobre nuestras experiencias; sin
embargo, es importante tener presente que la reflexión sobre éstas, no es
inmediata ni fácil. A veces, la comprensión de algo experimentado cuando niños
o jóvenes, lo entenderemos mucho más tarde; después de numerosas reflexiones e
iguales aciertos y errores. Es más, recordemos que nuestra reflexión es sobre
una experiencia necesariamente pasada; por lo cual "el sentido de una
experiencia no llega en realidad a ser nunca decisivo o concluso. Y esto ocurre
no sólo porque en el curso de la existencia alteramos la valoración de nuestros
propios actos pasados; es que, de hecho, nuestras experiencias reobran sobre
las anteriores, y por ello es posible que las valoremos, con el tiempo, de modo
distinto." (E. Nicol en su "Psicología de las situaciones vitales”)
¿Cuánto
tiene que pasar para entender una actitud, una decisión, una palabra o un
silencio? Por ello debemos tener cuidado con nuestro sentido de culpabilidad,
con el culpar o culparnos. Así, cuando hoy nos demos cuenta que fue un error la
decisión de hablar o callar, hacer o no hacer esto o lo otro; también deberemos
tener en cuenta que en ese entonces, tal vez, no teníamos la edad, la sabiduría
de vida o conocimientos necesarios para percibir las cosas de otro modo; o,
quizás, no se dieron las circunstancias que nos habrían permitido resolver esas
situaciones de una manera más eficiente. Acaso hoy encontremos explicaciones o
formas de actuar que habrían sido más certeras; pero es bueno tener presente
que hoy somos otros. A modo de ejemplo, recordemos las situaciones presentadas
en el film Mysterious Skin: Brian y Neil eran niños indefensos cuando fueron
abusados por el entrenador; no podían responder de lo que por sus edades y
circunstancias afectivas y familiares era para ellos imposible de entender y
asumir de otra manera.
El pasado que no
pasa…
Para
nuestro tema – la pedagogía experiencial – nos interesa aclarar algo más la
historicidad que nos conforma. En primer lugar, aclaremos que el pasado no es
sólo lo que fuimos o hicimos; sino también lo que podíamos ser o hacer y no
fuimos o hicimos y lo que sabíamos que no podíamos o no debíamos ser o hacer...
¿Recuerdan alguna experiencia al respecto y de qué forma hoy nos conforma como
un posible o un imposible? Pero no es sólo lo que nos ha pasado lo que hoy nos
conforma en una especie de estilo de ser, de existir y de habérselas con el
mundo; sino nuestra forma de proyectar ese suceso. ¿La madurez adquirida al día
de hoy, acaso no nos permitiría tener otra apreciación de los sucesos pasados
y, consecuentemente, otra forma de vivir este presente y proyectar nuestro
futuro?
“De
nuestras experiencias pasadas, unas son más próximas y otras más remotas a
nuestro presente actual (…). Lo próximo a nuestro presente puede ser algo que
distingamos como remoto en una sucesión temporal homogénea. E, inversamente, lo
remoto en el tiempo puede ser, para nuestro presente actual, efectivamente más
cercano. Por la función misma del recuerdo, las experiencias pasadas se
aproximan a nuestro presente, alejando de él a otras; y el olvido las aleja a
todas, unas más y otras menos rápida y totalmente. (…) Es la relación afectiva
con el presente lo que determina casi siempre la proximidad o lejanía de una
experiencia pasada respecto ese mismo presente. (…) Una experiencia pasada
puede sernos próxima lo mismo si ella fue grata, o si su recuerdo es grato, que
si fue desagradable.” (Ibíd. Pág. 55)
Por
ello, antes decía que nuestra historia de vida no es lineal, no se lee a reglón
seguido. Recuerdos y olvidos saltan espacios, uniendo tiempos lejanos,
trayéndolos al presente y alejando otros, hasta hacerlos casi desaparecer…Por
ello no hay medidas ni instrumentos válidos para cualificar el tiempo vivido
por cada cual, cuán lejano o cuánto pasado ha vivido y cuánta experiencia ha
“acumulado” . Las causas de la violencia no cabe duda que se encuentran en
experiencias próximas que pueden encontrarse lejanas en el tiempo cronológico;
en los inicios de la vida; en el pasado que no pasa… Sin embargo, no estamos
determinados por el pasado pues somos, al mismo tiempo, lo que aún no somos.
La experiencia
del futuro presente y como posibilidad.
Ser
el mismo no es lo mismo que ser igual o idéntico. Nuevas experiencias nos
presentan nuevas posibilidades y, por lo mismo, imposibilidades. Y si bien es
cierto que hoy somos el resultado de las elecciones y rechazos realizados en el
pasado, y que estos circunscriben nuestras posibilidades futuras; no menos
cierto es que el pasado no nos limita, no nos cierra o determina nuestra
mismidad abierta a los cambios, a lo distinto, a lo que antes no hemos sido o
vivido. Podemos cambiar el curso de la historia de nuestras vidas, proyectarla
de modo que nuevas experiencias la potencien en direcciones distintas a las
hasta hoy llevadas.
Somos
el mismo que se va construyendo día a día, por lo tanto, siempre distinto;
siempre novedoso. El futuro, nos es primordial porque en él está la esperanza,
el sentido y finalidad de nuestros afanes, de la educación; del paso de la
violencia a la paz. Por ello, el hombre que siente no tener futuro posible; es
un hombre "sin vida"; "preso de la desesperación", no
espera nada; se deja estar. De ahí también la actitud heroica de quien sentenciado
de muerte, vive con fuerza cada momento de su vida; de ahí lo sobrecogedor de
sus últimas disposiciones y de ahí la diferencia entre quien ve la muerte como
un tránsito y quien la ve como el fin de la existencia.
Si
el futuro es lo que puedo llegar a ser o a hacer; si es posibilidad, es
importante entonces preguntarse ¿Qué es lo que queremos hacer; quiénes queremos
llegar a ser? Nicol dirá "Cuando la facultad de proyectar, agotada por las
dificultades del presente, o por la oscuridad del porvenir, se rinde y exclamamos
veremos lo que pasa, dejando que el futuro venga a nosotros, incluso entonces
sabemos que algo va a ocurrir, que inexorablemente se va a producir una
situación en la cual nos sentiremos inmersos, o de la cual seremos
constituyentes. Pero no sabemos cuál va a ser ella" Es la incertidumbre
agobiante; nos produce desazón, desconcierto, inseguridad. Nos gusta ser
previsores incluso, manejar el factor sorpresa en lo que no es decisivo: el
regalo o la fiesta sorpresa. Necesitamos la certeza de que lo fundamental de
nuestras vidas seguirá un curso de continuidad que nos permite saber de
antemano qué hacer, a qué atenernos. Los cambios bruscos nos provocan
desconcierto; nos dejan en la crisis del cataclismo que puede ser físico,
económico, afectivo, social, moral; etc.
Según como habitemos el espacio será nuestra experiencia.
¿Recuerdan
algún rincón amado? ¿Recuerdan algún lugar al cual jamás quisieran volver, por
muchas comodidades o lujos que éste les ofreciera? Habitamos el espacio; esto
es, lo teñimos con nuestra historia de vida y éste, a su vez, nos hace saltar a
pasados, provocándonos emociones, recuerdos, que pueden ser gratos o no. Por
otra parte, podemos hablar de espacios acogedores o desacogedores; espacios que
con su vestimenta, promueven la paz o la violencia. Somos personas que se
inspiran en un paisaje o en habitaciones vestidas por experiencias en ellas
tenidas. Por ello, el inventario de un lugar no tiene el mismo sentido o valor
para dos personas.
Nos
proyectamos no sólo según nuestros tiempos, sino en un lugar; en una
circunstancia. No da lo mismo cualquier lugar para construir el hogar, para
celebrar o para pasear por él. En un lugar somos extranjeros; en otros, estamos
en lo nuestro… No es lo mismo invadir un lugar que cultivarlo: “Es el espíritu
y no el cuerpo el que arraiga la tierra del lugar”, dice Nicol.
De acuerdo con lo
expuesto hasta aquí, es claro que la sabiduría de vida, no dependerá de la
edad, puesto que no depende de la cantidad de experiencias, sino del cómo
integremos esa experiencia, cómo captemos su sentido de ascensión, de tal modo
influya positivamente en nuestros propósitos y fortalecimiento. Muchas veces,
no nos damos el tiempo para volvernos sobre nosotros mismos; a veces, por
comodidad o temor a no saber cómo enfrentarnos; así el ser humano se va
volviendo un inconciente, se va bestializando. Reflexionar sobre nuestras
experiencias vividas directamente o en la experimentación fílmica es también
una experiencia; tratar de explicar esa experiencia también lo es.
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