EL SENTIDO DE LA VIDA Y FELICIDAD
Lilian Arellano
Rodríguez
El
hombre vive por y para algo que trasciende la vida. El valor de vivir...
Será
en su propia vida, en la vivencia de situaciones límites, donde el psiquiatra
Víctor Frankl, descubrirá que sólo quien tiene un claro para qué vivir, podrá
soportar cualquier cómo que le presente la vida. Así elabora la logoterapia,
análisis de la existencia que nos insta a asumir la responsabilidad de la vida,
requisito para su potenciación. La responsabilidad, nos dirá, es siempre ante
un deber y los deberes sólo pueden ser interpretados a partir del sentido de la
vida.
La búsqueda del
sentido de nuestra existencia y en ella de cada minuto que transcurre,
pertenece al ámbito exclusivo de lo humano: conscientes de nuestra conciencia
de ser, de ser alguien, de vivir y de morir, la vida antes de ocuparnos, nos
“pre-ocupa”.
Esto
explica la situación en que cae quien, contrariamente a su ser, en la huida o
evasión neurótica, trata de vivir una existencia “presentista”, vivir sólo el
día a día, sin consideraciones pasadas ni futuras; sin sentido y sin deberes,
sin compromisos ni valores por los cuales velar. También cae en esta falta de sentido
quien vive en la embriaguez no sólo efecto de drogas o alcohol, sino de los
medios o de sus propias obras o trabajo, despojados de su sentido y valor.
Resaltan, entre estos últimos, quienes sufren la llamada “neurosis dominical”,
cuando el trabajo ha dejado de ser un medio y se ha constituido en un fin.
Por
el contrario, quien tiene un sentido de vida por el cual vivir, en los momentos
más angustiosos, penosos o de dolor, siente la fortaleza de la esperanza, de
ese sentido que trasciende la situación elevándola a un rango de realización,
reto, crecimiento. Así el caso de quien sufre una situación límite o
conmocional como puede ser la muerte de un ser amado.
Los valores de
la vida se encuentran en:
a)
El valor de nuestras actividades: A veces
alguien piensa, siente, que su vida no tiene valor porque su actividad carece
de valor… Pues bien, no se trata del puesto o labor que alguien ejecute sino
del cómo y para qué. Es de más alta estima la vida de un barrendero, quien
asume en conciencia su responsabilidad de limpiar la ciudad y atender a su
familia, que la vida de un médico que no asume la responsabilidad de cuidar a
sus enfermos y cumplir con su familia.
b)
El valor de las vivencias que nos ofrece la vida misma: Junto
al valor que cobra la vida por nuestros actos, están los valores que Frankl
llama “vivenciales”; valores que se “acogen” en el encuentro con el universo,
con la naturaleza, con la vida misma…con la belleza de la naturaleza o de la
obra de arte, con la presencia de la bondad de alguien. Se trata de situaciones
que marcan la biografía de cada vida. Reflexione al respecto: "En efecto,
aunque se trate de un instante, por la grandeza de un instante se mide, a
veces, la grandeza de toda una vida. (…) en la vida del hombre son los puntos
culminantes los que deciden en cuanto a su sentido, y un solo instante, por
fugaz que sea puede proyectar retrospectivamente un sentido sobre la vida
entera” (Viktor Frankl, “Psicoanálisis y existencialismo”, FCE…)
c)
El valor de nuestra actitud ante las limitaciones o lo irremisible de la vida: En
este caso se encuentran lo que hemos llamado en este curso “las situaciones
límite”, cuando nos enfrentamos a una situación que no nos deja otra opción que
enfrentarla tal cual. Aquí surgen los héroes que se descubren ante el reto
imprevisto.
Nos
hallamos siempre “en situación de…”, de enriquecer el mundo y el sentido de
nuestras vidas con nuestros acciones; otras, enriquecernos a nosotros mismos
con nuestras vivencias. Lo importante es captar, acoger el momento, la oportunidad
para dar a la vida y para recibir de ella; ambos son deberes en ellos
encontramos como se va realizando nuestro sentido… Así, no cumple con su deber
quien da la espalda a la belleza del camino costero o al sonido de las gaviotas
o colores y aromas de las flores que nos acompañan en nuestra ruta.
Igualmente,
debemos distinguir en la vida dos dimensiones distintas que se coordinan: la
gran misión de nuestras vidas, trascendente a toda situación, vinculada tal vez
a la eternidad y el valor situacional o sentido de cada situación u oportunidad
que se ofrece como único momento para realizar, a través de la vida cotidiana,
el valor que le trasciende. El gran y frecuente error, es dejar pasar esos
momentos que como todo momento son únicos… ¿Cuántas situaciones de vida hemos
desperdiciado?
Si alguien
ignora el sentido de su vida y desconoce las posibilidades únicas de su
existencia, lo primero es descubrir esa misión y luego encontrar el camino que
le llevará al cumplimiento de la misma: La educación es el perfeccionamiento
del ser en su existencia o, lo que es lo mismo, la realización del ser que
somos a lo largo de la vida cotidiana.
EDUCACIÓN Y FELICIDAD
Un hombre, desvinculado de toda realidad, despojándose de su dignidad personal,
reduciendo el Universo a un mundo asible, útil y aparente, busca una felicidad
no perecedera. Sin embargo, tras programas, planes o proyectos que se pone como
meta de vida, sólo logra bienestar, placer, euforia, alegría por unos momentos
más o menos prolongados.
Cada
meta lograda, crea en él la ilusión de alcanzar una felicidad infinita. Pero,
es, entonces, cuando se da cuenta que se ha movido en un nivel de finitud que
le apresa en lo momentáneo y que, tras la celebración o embriaguez de un
pequeño o gran éxito, viene nuevamente esa tensión de infinito y esa sensación
de vacío, soledad, insatisfacción o hastío. Casi podría decir que era más feliz
durante sus sueños y lucha por construirlos que ahora; una vez logrados…
De
pronto, el hombre toma consciencia de sí, de su diferencia de anhelos, de
amores, de vocación, de trascendencia. Sí; cuando niño o adolescente, soñábamos
con logros para sí, para los nuestros e incluso para toda la humanidad. Ya
jóvenes, con grandes ideales, comprometíamos nuestra vida por “todos”, por no ser
uno más del montón de ególatras y dar de sí, si era necesario, la vida. Pero,
simultáneamente, nuestras experiencias de vida, una y otra vez; empiezan a
llevarnos al dolor de la impotencia; a sentirnos defraudados ante las respuesta
de aquellos que creíamos nuestros amigos de ruta o agradecidos; incluso, lo que
es más fuerte aún, nos decepcionamos de nosotros mismos: de nuestras
debilidades, de nuestras respuestas…
Entonces
viene la crisis, aquella que marcará nuestras vidas: la oportunidad de
renunciar a nuestros ideales o seguir adelante y crecer. También vienen una
serie de preguntas: ¿Por qué yo? ¿Por qué la vida es así? ¿Por qué me duele el
dolor de los demás; en cambio pareciera que el vive para sí es más feliz? ¿Más
feliz? ¿Puede ser más feliz quien ha renunciado a lo mejor de sí; pero qué es
lo mejor de sí? ¿Qué piensa o siente el hombre que ha renunciado a todo
auténtico ideal; qué encuentra dentro de sí y qué es un ideal? ¿No será mejor
no pensar, huir de todo sueño, de los otros y de sí?
Víctor
Frankl decía que la felicidad no se busca; que llega como un don cuando te
pones como propósito dar lo mejor de ti. Por mi parte, y sustentándome en este
pensamiento, la forma de vivir la vida me ha permitido descubrir que los
obstáculos, problemas o el sufrimiento no mitigan la felicidad; sino que forman
parte de “escenas” de nuestra vida, si tenemos como base y horizonte un
sentido, un amor que trasciende cada acto: el sentido de vivir, o mejor dicho,
el misterio del sentido de nuestra existencia.
NUESTRAS CRISIS
Etimológicamente,
el concepto “crisis”, proviene del griego “krinein” que se traduce como
separar, dividir, decidir, elegir…
Romano Guardini,
profundo conocedor del alma humana, decía que cada etapa de la vida se
caracterizaba por una crisis cuya superación, condicionaba el paso a la etapa
posterior. Así, podíamos entender por qué algunas personas no seguían el camino
de madurez propio de toda vida; sino se quedaban ancladas en la adolescencia o
alguna otra etapa.
Recuerdo
haber leído que para los chinos, la palabra crisis tenía dos significados:
quiebre y oportunidad…El psicólogo C. Jung destacó el estado de alerta que se
produce en una crisis. Tiene razón; cuando todo parece funcionar como es de
costumbre, tendemos a comportarnos como es ya habitual, sin cuestionarnos, sin
indagar. Es claro, si siempre pasa el bus por donde mismo, nosotros también,
sin mayor preocupación, haremos lo mismo. Pero si una vez en el paradero, no
ocurre lo que esperábamos, entramos en un estado de alerta, alarma, indagación…
Se ha perdido una especie de continuidad de nuestra historia, para dar lugar a
un hito, a un acontecimiento que implica una situación problemática que
resolver.
Así,
cuando estamos en crisis, sentimos que algo que parecía seguro, estable, se
tambalea y nos lleva a una serie de cuestionamientos, dudas, incertidumbres… En
un primer momento, tal vez nos acongojamos, porque no sabemos a qué atenernos.
Debemos replantearnos nuestra vida y talvez la de otros; luego tomar
decisiones, elegir un nuevo enfoque de nosotros mismos, de algún aspecto de
nuestra existencia o de su sentido; a veces, cambia nuestra perspectiva,
concepto o valoración de los demás o del mundo. Es claro que la crisis nos
ofrece la gran oportunidad de crecer, de salir fortalecidos; pero tampoco es
menos verdad, que implica un riesgo, pues podemos ser superados por la crisis
en vez de superarla a ella. Por supuesto, que dependiendo de la índole y
gravedad del problema y de nuestra condición humana, podremos superar la crisis
por sí mismos, o bien, requeriremos de ayuda de los demás. No es lo mismo
hablar de crisis personales cuando se es niño, adolescente, joven, adulto o
anciano; tampoco es lo mismo una crisis de identidad, que una crisis familiar,
nacional o mundial; como también hay que distinguir entre crisis económicas,
laborales, políticas, morales, religiosas, culturales, etc.
No
cabe duda, entonces, que toda crisis lleva consigo un riesgo (la no superación
y, consecuente decadencia) y una oportunidad (su superación y nuestro fortalecimiento).
Superar una crisis implica, por lo tanto, detectar y saber cómo enfrentar los
peligros o amenazas, el caos, lo insano, la violencia, lo aparente, lo
superficial, un sin sentido que pueden estar incoados en una persona, un estilo
de vida o moda, una ideología, una creencia, una instancia de poder, etc. Hay
que distinguir entre lo que hay que salvar y atesorar y lo que hay que
desechar. Las crisis nos exigen un mayor esfuerzo, dolor, separación, dejar
atrás; pero para mirar hacia delante, con esperanzas de un mejor futuro, de
construir. Implican un no dejarse estar; un no dejarse llevar; por lo mismo,
requieren de nuestra persistencia, perseverancia, ingenio, amor y valentía.
Superar una crisis es superar lastres de de mal vivir; implica purificar,
limpiar, ordenar, vislumbrar. Por todo lo que una situación crítica requiere de
nosotros, su superación exige no caer ni en el pesimismo derrotista o
depresivo; ni en el optimismo ingenuo y desprevenido.
La
complejidad de nuestra existencia; es producto de nuestra riqueza de ser. Somos
una unidad indivisible que intenta descubrirse y ser presencia en un mundo que
vamos co-creando día a día: en el anhelo, en la mirada, en el juego, en el
sacrificio...
La
misión de educador es llevarnos hacia nosotros mismos; él sólo enseña; el
camino lo hacemos nosotros. Descubrir la verdad, acoger la revelación del
misterio, amar, contemplar y cultivar la belleza, habitar el mundo, conformar
ámbitos, descubrir el sentido de la existencia y cómo realizarlo, convivir, realizar
el bien... son dimensiones de nuestro ser uno.
Intimidad
y presencia. Lo público y lo privado. Producir y crear. Éxtasis y Vértigo: Son
algunos de los subtítulos de nuestra biografía.
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