jueves, 5 de marzo de 2026

NATURALEZA Y ALCANCES DE LA EDUCACIÓN Y DEL EDUCADOR

  NATURALEZA Y ALCANCES DE LA EDUCACIÓN Y DEL EDUCADOR

Lilian Arellano Rodríguez

          Por cuanto principio y fin de la educación es, en su intención y ejecución, la actualización o perfeccionamiento voluntario e intencional del ser personal que somos, resulta también ser uno de lo atributos que tiene mayor incidencia en el direccionamiento de la existencia humana y del mundo como co-creación. Se entiende, entonces, por qué se justifica una máxima preocupación por ella; más aún, si tomamos conciencia de una serie de confusiones que sufre el llamado “mundo intelectual”, con su consiguiente falta de auténticos líderes y la suplantación de estos por ídolos, modas, opiniólogos o afanosos mercenarios de las ciencias, técnicas, artes e incluso religión. ¿Cuál es la dirección que hoy marcan las rutas que va trazando el hombre; de qué depende la dirección que el hombre les da? El químico, experto en la manipulación de la fórmula del plutonio, ¿hacia dónde dirige sus conocimientos, destrezas o competencias? El artista, ¿busca la belleza y el éxtasis o se deja llevar por las impresiones espontáneas que sólo mueven el gusto, el placer y el vértigo? El técnico, inventor del celular o de la Internet que acorta distancias ¿logra con ello comunicarnos más? ¿Y nosotros, actuales o futuros educadores que elegimos, por supuesta vocación, servir educando…; nosotros, guías de la humanidad y en ella de todo profesional; nosotros, los profesores, profesional de profesionales ¿qué lugar otorgamos a la ascética y a la mística en la ruta de nuestro servicio?
         Noticieros, libros, congresos, políticos, profesionales; en fin, servidores y servidos, claman por mejorar la calidad de una adjetivada educación de mala calidad; pero ¿qué se entiende por “educación de buena o mala calidad”? En sentido estricto, ¿puede existir una educación de mala calidad o de lo que se trata es de una ausencia de educación? ¿Qué es educación? Cuando se analizan los resultados del SIMCE o de la PSU, ¿se está evaluando la calidad educativa? ¿Qué es evaluar; es lo mismo que medir? ¿La educación es evaluable, medible, o, ambas cosas? ¿Cuál es el sentido, el alcance y límite de la medición y/o de la evaluación? Reflexionemos sobre el siguiente caso: Un universitario, cursando el primer año de cálculo matemático, debido a una serie de vacíos de aprendizaje que trae consigo desde la enseñanza media; en la primera prueba obtiene un 2.5; luego, debido a su esfuerzo y capacidad y, remediando varios errores, obtiene nota 4.8; por último, en la tercera y última prueba que contempla el Programa, demostrando su gran interés, responsabilidad, ansias de superación y perseverancia, logra entender lo antes no comprendido; rinde un examen perfecto obteniendo la nota máxima 7.0. Pues bien, por aplicación reglamentaria y exacta fórmula matemática, su nota final será 4.8. ¿Es una evaluación correcta que expresa rigurosa y exactamente la verdad? ¿Estamos ante un alumno de 4.8? ¿Esa evaluación expresa el nivel educativo alcanzado? ¿Podríamos asegurar, que la afirmación hecha tiene el carácter de rigurosidad que exige la ciencia, por el sólo hecho de sustentarse en una fórmula matemática exacta; ciñéndose a un reglamento y método riguroso? ¿Es evaluación o medición?
         Dos formas de ignorancia: Cabe aquí recordar dos formas de ignorancia en que podemos caer:
1) Ignorancia de negación, cuando ignorando por completo la existencia de una realidad o situación, con desconocimiento absoluto de ellas y sin intención, se cometen errores por omitir lo que realmente desconocemos. Por ejemplo, el médico no sabe qué decir respecto de lo que causó el cáncer al pulmón en un paciente que no fumaba. En este caso, se trata de un error propio de la perfectibilidad de todo lo que el hombre hace. No podemos saberlo todo; lo importante es saber que no se sabe y no engañar ni engañarnos, afirmando lo contrario
2) Ignorancia de disposición, cuando hay una actitud de imponer un método o técnica que se domina, por sobre la integridad o complejidad real. En este caso, intencionalmente, se suplanta la realidad por proposiciones que aparentan ser verdaderas; es más, se argumenta para una comprobación que se sabe lógica pero no real. No se trata del científico que sabe que le falta mucho por saber y que sabe que puede errar; sino que estamos ante un cientificista o pseudocientífico quien no comete un error por desconocimiento sino con intención de engañar. Se trata de un problema ya no de comprensible ignorancia sino de inmoralidad; ya que se hace uso de la inteligencia para producir una apariencia de ciencia o sofística. Recuerdo haber compartido varios viajes con una psicóloga que me aseguraba “Sé que profesionalmente no estoy actuando en forma correcta, pues no averiguo las causas que llevan a mis pacientes a la depresión o neurosis; pero hago lo que me enseñaron y es fácil de hacer; averiguar las causas me llevaría a estudiar mucho más y a dar mayor atención a mis clientes…ganaría menos y tengo proyectos económicos”
       El problema es que el sofista o aparente científico o filósofo no engaña en forma aislada o simple; sino que para lograr credibilidad, estructura un sistema de engaños que transmite a los demás. Así, existen sistemas erróneos de pensamiento. Es más, si todo lo que dijeran fueran mentiras, fácilmente serían descubiertos, por lo cual se hace uso de estrategias de manipulación: Se enuncia una verdad real para luego desvirtuarla. Mientras el filósofo o científico ordenan su vida a la búsqueda de la verdad; el sofista ordena su vida a que parezca que sabe. Ahora bien el engaño puede darse en diversos niveles. Por ejemplo: en un primer nivel, el de la observación, el biólogo puede emitir un juicio verdadero “Existe una similitud entre la apariencia de los lagartos y las tortugas” En un segundo nivel, la observación intenta llevarla a teoría, insertando la categoría de “causalidad”, sin tener demostración de la misma: “La tortuga evolutivamente procede del lagarto”. Esta aseveración ya es gratuita y más aún la universalización de la misma “los animales proceden unos de otros por evolución” ¿Cuántos sistemas llenos de engaños se han montado y hoy cobran aún vigencia o son nuevos; pero igualmente desvirtúan la realidad? ¿Podríamos dar ejemplo de algunos de ellos que tienen repercusión en la educación y en la ruta moral que ha seguido el hombre actual? ¿Cuáles son las consecuencias de su amplia popularidad?
           Preeminencia del método por sobre la naturaleza de la realidad: Es común escuchar que una afirmación carecería o no de valor científico, tomando en cuenta sólo si se apoya o no en un riguroso y consabido método que irradiaría en ella su carácter de cientificidad; ello, debido a su sistemacidad, objetividad, exactitud, verificabilidad. No hay dudas, estamos entonces ante un creyente de la razón y de la estadística como avales de la verdad. Pero, si el científico tiene por vocación y misión el deber de ser un descubridor y entendedor de realidades (donde la rigurosidad del método tendrá que ser evaluada por su capacidad para instalarnos en esa realidad tal cual es), ¿qué pasa entonces con el sistema de evaluación que prevalece en nuestro país y en muchos otros? ¿Es posible que una proposición falsa, que desvirtúa la realidad, pueda ser considerada científica y exacta sólo porque hace uso de un método y técnicas o estrategias catalogadas de antemano como científicas? El investigador que echa las redes al mar, aunque lo haga múltiples veces y realice una estadística de muestras, no puede asegurar que allí no existen peces de menor tamaño al diámetro de los orificios de su red. También es absurdo deducir que en un condominio donde viven 30 familias, con un total 120 personas, se necesitan 4 camas por hogar. Al respecto es importante considerar el abuso que hoy se hace de los datos estadísticos.
            La estadística cuenta los efectos que se repiten; cuestión imposible de hacer en el ámbito de lo humano donde debiera primar la originalidad, creatividad, voluntad, el sentido… todos atributos que emanan de la libertad de ser que caracteriza al hombre. De ahí que los archivos se van llenando de estadísticas de pobreza, rendimiento, deserción escolar, muerte por accidente, femicidio… mientras, el ser humano queda esperando que descubran su realidad y la situación vital en que se encuentra; cuestiones éstas que no entran en la estadística pues cada caso sería “uno”. ¿Qué otorga, entonces, el carácter de verdadera a una afirmación; la exactitud del ordenamiento estadístico de los datos que se presentan o que las afirmaciones correspondan a la realidad?
        Ahora bien, como educadores urge tener claridad exacta sobre nuestro quehacer; con exactitud real, esto es, cualitativa. Como administradores de diferentes servicios educativos nos interesará responder a todos los cuántos; pero si queremos que esos cuantos sean de calidad, deberemos antes preocuparnos de sus qué, por qué, para qué y cómo. Por ahora, a modo de ejemplo de una problemática que nos afecta a todo los profesionales vinculados a la educabilidad (capacidad de educarse) y aceptando que existe una perfectibilidad educativa, preguntémonos de qué depende la actualización de ésta; qué la define, qué la determina, qué la condiciona. Y si queremos estar a la moda, también preguntémonos ¿qué “competencias” requiere desarrollar el hombre de hoy para educarse y cuáles serían, entonces, los “indicadores” educativos que expresarían esas competencias? Es más, en un plano anterior y más profundo, dadas las condiciones en que nos encontramos viviendo, preguntémonos si hoy tiene sentido ser educador y cuáles serían los alcances de este educar. ¿Acaso no sería más leal consigo y con los demás, declararse incompetentes o desinteresados en formar en principios de vida y elegir la funcionalidad que es neutra? ¿Por qué, en definitiva, no nos ponernos como meta ser los mejores instructores, informadores, ideologizadores o estrategas de la manipulación y de la eficacia? ¿Tiene hoy sentido la formación de un hombre férreo en principios de vida; de tal modo que por convicciones llegue a renunciar al merecido sustento y bienestar, si obtenerlos le significa atentar contra los valores aprehendidos como tales? ¿Para qué educar; informamos y formamos; para crear una sociedad de conocimientos y destrezas o para poner estos al servicio de una sabiduría de vida? Estas y muchas otras interrogantes debe enfrentar, desde siempre, y hoy más que nunca, quien en su vida dispone de la educación como profesión y trabajo; pues dependerá de la calidad de sus respuestas, la calidad del compromiso que asuma con la sociedad a la cual servirá; también dependerá el sentido y valor que dé a las ciencias, las técnicas, las artes, la política, la religión, la familia, la amistad, la naturaleza, la vida y la muerte….
         El diario acontecer muestra que sin educación podemos construir, y con mucha eficacia, poderosas comunidades nacionales e internacionales que aseguren un alto enriquecimiento material; pero también deja en evidencia que sin una auténtica educación es imposible consolidar la formación de una persona honesta, justa, caritativa; en fin, una persona leal a los valores que elevan el poder adquirido u otorgado a rango de autoridad. Bueno es traer al presente el sentido de los términos “Autoridad” y “poder”, ambos acuñados por los romanos como “auctoritas” y “potestas”, respectivamente. El primero, hacer referencia a la idea de “Autor”, esto es, a quien creador de su obra tiene conocimiento de ella: de su ser (qué), por qué, para qué y cómo. De aquí se deduce que la autoridad conoce su obra y la ama; por lo tanto, si además tiene el poder (potestas) puede bien representarla y en forma sabia tomar decisiones que le beneficien; pues desde ya respeta su ser. Por ello, el poder sin autoridad es sólo un ejercicio de dominio que se puede adquirir de diversas formas. Se puede ser jefe, sin ser autoridad y no serlo, siendo autoridad. La preguntas que surgen entonces son ¿Formamos para lograr un ser que se constituya en autoridad o que sólo maneje las estrategias que llevan eficazmente al poder? ¿Formamos un cultivador, co-creador del Universo o un dominador y aprovechador sin fronteras? ¿Formamos para ser buenos servidores o para ser por sobretodo servidos? Si el científico es quien sabe descubrir y el técnico es quien sabe hacer algo, ¿estamos formando hombres con diversas vocaciones pero siempre respetuosos de la verdad, bien y belleza o sólo nos interesamos por formar hombres competentes, eficaces y productivos, convirtiendo entonces al científico en técnico y a éste en operario?
         Pareciera que el acento está puesto en procurar un mundo cada vez más tecnologizado... ¿Se han preguntado qué persigue el hombre con la construcción de rascacielos como Burj Califa o Torre Dubai, con 818 metros de altura y una visibilidad desde 95 kilómetros de distancia, 58 ascensores que ascienden a 10 metros por segundo? ¿Cuál es la altura humana de quiénes hoy se proponen, en el mismo lugar, construir dos edificios que superan los mil metros; cuál es altura humana de quienes anhelan vivir allí; cuál es el costo que tiene ello para la humanidad? ¿Cuándo el llamado desarrollo tecnológico deja de ser progreso y se transforma en agresión? ¿Cuál es la finalidad educativa de la ciencia, técnica y artes; o acaso deben ir en forma paralela, ajenas a la educación y, por lo mismo, a los valores humanos y de la naturaleza?
         La tecnologización del hombre se hace patente en el instrumentismo, maquinismo (cibernetismo) o artificialización que invade el mundo, con la consiguiente despersonalización y mecanización del trabajo, del hogar, del ocio y de todo ámbito. Estamos en la era del hombre y mujer fabricados: Rostros y cuerpos modelados a arbitrio, placer en base a drogas, funcionalización de sí mismo… El hombre masa de hoy – porque siempre ha existido; ya que los líderes siempre han sido los menos- es un ser que se somete a la ley de normalización, la que a su vez se subordina a la forma funcional de la máquina. No se trata de una cuestión de falta de capacidades o de acceso restringido a la educación; se trata de un estilo de vida elegido como tal, como un ideal. Terminología como liposuccion. Lipoescultura, abdominoplastia, dermolipectomias, Lifting facial o de muslos, Blefaroplastia, Rinoplastia, Otoplastia, pasan a formar parte habitual de los presupuestos. Hay una cosificación de la persona; el ideal de una figura maniquí. Es el hombre confundido entre el poder y el progreso; un hombre que al no saber de sí no saber qué hacer de sí y del mundo. ¿Cuál es nuestra misión educativa al respecto?
       Vivimos un mundo de la información y comunicación cada vez más rápida y perfecta; tecnológicamente hablando… La comunicación pasa a ser conectividad. Comunicación-Conectividad. “Conectarse, estar conectado” son expresiones frecuentes. La conexión, como mencionaba previamente, es un bien en sí mismo, y por tanto un derecho. Estar conectado representa estar en el mundo, formar parte del sistema, lo que te permite a su vez ser creador de nuevos sistemas. La conectividad es condición necesaria para la comunicación a través de la red. Las formas comunicativas están transformándose dentro de la red a través de la creación de las comunidades virtuales.”
 (Cf. http://campus.usal.es/~teoriaeducacion/rev_numero_02/n2_art_gros.htm ) La pregunta surge ¿A mayor conectividad, mayor comunicación?
         Es interesante reflexionar sobre la propuesta de Begoña Gros, profesora titular de la Facultad de Pedagogía de la Universidad de Barcelona, especialista en la utilización de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC) en el ámbito educativo (thbgs01d@d5.ub.es):
      Los medios no sólo nos masajean sino que masajean a la educación, se introducen en nuestras vidas y, de pronto, nos damos cuenta de su influencia. No acabo de entender muy bien las razones, pero los profesionales de la educación se ocupan poco de los medios. Los critican, eso sí, con mucha frecuencia. Los contenidos de los medios no son apropiados, los niños pasan demasiado tiempo delante de la televisión, del ordenador, de la consola,… No leen porque hay informática. No salen a jugar porque hay ordenadores. Los padres miran a sus hijos, los dejan delante de la televisión. Ven la programación infantil y no hay problema (eso piensan). Los educadores les advierten: vea la televisión con sus hijos, introduzca el espíritu crítico, analice los mensajes. Pocos lo hacen. Los padres miran los ordenadores, ven a sus hijos absortos delante de la pantalla. ¿Cómo pueden pasar tantas horas concentrados delante del ordenador?, controlan el tiempo que pasan, no son capaces de hacer nada más. Los educadores les advierten: no todo lo que hay en Internet es positivo para sus hijos, cuidado con los juegos que le compra: DESCONCIERTO TOTAL.
          El problema es que los profesionales de la educación también están desconcertados. Hay que ser flexible, integrar medios, diseñar nuevos modos de formación, nuevas formas comunicativas. ¿Por dónde empezamos? Este es el reto y, a la vez, un camino que los profesionales de la educación no pueden descuidar. Nuestros alumnos de hoy son muy diferentes a los de hace diez años, no podemos enfocar el proceso de enseñanza-aprendizaje de la misma forma y, es fundamental, crear profesionales capaces de contribuir a un buen desarrollo de las tecnologías de la información y la comunicación para que la cibercultura sea de verdad, una cultura. “
         Es claro que la relación del hombre consigo mismo, con los demás, con la naturaleza, con la cultura, con Dios, ha sufrido cambios los que a su vez han cambiado al hombre mismo: su ritmo de vida, su forma de sentir el tiempo y el espacio, su mentalidad, sus valores, su sentido de la ignorancia y del misterio; la idea de vida y de muerte y de sus propios límites. ¿Qué valor se da en este mundo a la presencia real del otro, al amor, al instante único, a los rituales…? ¿Qué tienen que decir al respecto? ¿Cuál es la misión del educador en relación con la respectividad del ser personal?

DIMENSIONES Y FORMAS DE SABER


DIMENSIONES DEL SABER

Lilian Arellano Rodríguez

Aprehender la realidad, es propio del ser humano: Nosotros, no sólo nos hallamos entre cosas o usamos de ellas, sino que las aprehendemos como realidades a contemplar, descubrir o indagar, cultivar, transformar, imaginar, atesorar y habitar. Es más, y ya lo dijimos, también ideamos realidades que no son tales sino conceptos que nos sirven para representarlas o hablar sobre ellas e, incluso, inventamos seres fantásticos no reales.  El animal, a diferencia nuestra, se halla y vive entre cosas que usa, reconoce y siente, en la misma medida que le suscitan como meros estímulos y no como realidades que estimulan.  Por lo mismo, el animal tampoco elabora conceptos, proyectos, ni fantasías; sólo “siente” y reacciona a esa parte de su hábitat que le llega a modo de impresión-estímulo. Por ello, el conocimiento que tiene el animal de la realidad es experiencial – sensorial - estimúlico; lo que le impide el acceso a mundos sólo humanos como lo son: el mundo moral, artístico, religioso, científico, filosófico y del humor. ¿Cómo entender nuestros mundos; qué diferencia a uno del otro? 

Saber es  saber definir, saber discernir, saber entender:

El ser humano no sólo vive sino que quiere entender la vida,  el Universo y el origen y destino de ambos.

1.- Saber discernir: es saber distinguir entre lo que una realidad “verdaderamente es” y lo que “puede parecernos que es” (parecernos oro) o  “puede aparentar ser” (el ser humano puede aparentar sentimientos, actitudes, esto es, intencionalmente engañarnos y aparentar, por ejemplo, ser nuestro amigo).  Discernir, sin otro calificativo, es distinguir entre lo que algo es y lo que parece ser: Así, el amigo dice al otro “Te engañaron; tu anillo no es de oro porque se puso negro y el oro no se pone negro; lo sé porque le pasó lo mismo a tal o cual”.  Pues bien, aunque su afirmación esta vez sea cierta, no es un saber discernir; por lo mismo, es muy incierta; sólo alude a un conocimiento experiencial sin mayor fundamentación científica; del cual tampoco podrá dar mayor explicación. Saber discernir, en cambio, exige saber fundamentar la distinción que hemos realizado entre lo que puede parecernos oro pero realmente no  lo es, entre la persona que aparenta amistad y el verdadero amigo.  Así, saber  discernir, en el caso de nuestros ejemplos, requerirá que definamos  qué es oro y qué es amistad, de tal modo dar razones del por qué no debemos confundir apariencia de oro con presencia de oro; apariencia de amistad con amigo presente. En otras palabras, el saber discernir nos exigirá saber definir; pues sólo así, podremos demostrar y explicar la  diferencia entre la realidad verdadera y la aparente verdad, esto es, la falsedad.

2.- Saber definir: Cuando somos capaces de definir no sólo discernimos una cosa de su apariencia, lo que es de lo que no es, sino que, además, circunscribimos con precisión el perfil de esa realidad, su esencia o los atributos que la identifican como tal; pues definir implica explicitar o explicar los atributos propios de una realidad; su contenido y estructura fundamental.  Entonces, si tenemos la definición de oro y de amistad, podremos afirmar que la realidad que nos parecía oro, no lo es porque no posee los atributos del oro y la que aparentaba amistad tampoco posee los atributos de la amistad. Peo el saber discernir nos exige aún más; pues hasta aquí sólo estaríamos en condiciones de afirmar qué es lo que esas realidades que aparentan ser oro o amistad no son: Podemos afirmar no es oro, no es amistad ¿pero, entonces, qué son? Tomemos el caso del oro: si esa realidad,  que nos parecía oro por su aspecto, no lo es ¿cuáles son, entonces, sus verdaderos atributos; qué realmente es? Análogamente, en el caso del falso y aparente amigo, ¿qué atributos existen en él que no son los propios de un amigo y, por lo mismo, qué es? En el caso del oro, podríamos decir que lo que esa realidad sí posee y la define son los atributos del aluminio puro el cual hoy se trabaja con rayo láser, otorgándole una apariencia de oro.  Sin embargo, quien sabe discernir y sabe definir no los confundirá y sabrá discernir entre oro y aluminio puro trabajado con láser.  Análogamente, en el caso de quien aparenta amistad y ya sabemos que no es tal, pues no posee los atributos de la amistad (el amor generoso y desinteresado), indagaremos qué es y descubriremos que se trata no de un amigo sino de un adulador que se define por su egoísmo y uso de la persona que adula; pues sólo la alaba para obtener su confianza y, consecuentemente, los beneficios que sí le interesan: ascenso social, económico, placer sexual, fama, etc. 

Podemos entonces concluir que saber discernir implica saber definir.

3.- Saber entender: Pero saber implica más que discernir y definir. Saber es poder razón del “por qué” y del “para qué” de tal o cual realidad y su situación real. El saber entender es el saber de las causas y principios del ser de una realidad; en respecto consigo, con su origen y con las otras realidades. En este nivel de saber, nuestro entendimiento inquiere por las raíces y sentido de la realidad y de su actuar.  Estamos en un nivel de profundidad que nos lleva a indagar los fundamentos del ser real: su esencia y existencia.  Quien se mueve en este nivel de saber, puede explicitar la necesidad (causas determinantes) y condicionantes (influencias) que explican por qué las realidades son o actúan como son y, por tanto, del por qué no son de otro modo.  Entender, por ejemplo, por qué existe la amistad, cuál es el sentido de ella en la vida del hombre, por qué tal persona es un gran amigo o sólo simula serlo; cuál es la actitud, actos y obras que ejerce y cómo incide en sí mismo y en otras realidades con las cuales crea ámbitos.  En fin,  en este nivel de saber como entendimiento, el ser humano busca las razones primeras y últimas de todo, del Universo y de su propia existencia en él. No olvidemos que el Universo es el constructo de realidades; por lo cual, no es posible entender una realidad aislándola del todo: El saber es sistemático. Saber algo es saberlo sistemáticamente, en su comunidad con todo y con el todo.

Ahora bien, si el saber, a nivel de entendimiento es sistemático, el pensamiento debe ir más allá de silogismos o pensamientos deductivos que se caracterizan por ser lineales, es decir, estudian las partes o la realidad como si existieran separadas del todo y yuxtapuestas (una al lado de la otra): El aparato locomotor, el aparato circulatorio, el aparato digestivo, la afectividad… etc., olvidándose que ellos no son entes aislados ni abstractos, sino que conforman un todo que es lo único real. Es lo que tratan de expresar los médicos cuando dicen: “No existe la enfermedad sino el enfermo” y explican que un enfermo puede tener mayor daño orgánico que otro pero, dependiendo del sentido que tenga en su vida esa enfermedad, puede sentirse más o menos enfermo, superar o no la enfermedad. Así, mientras el conocimiento o instrucción es lineal y deductiva, el saber es analéctico (no lineal, es decir, no parcelado) sino integral y transobjetivo (Ver Aula Socrática: “Hacia un estilo integral de pensar”).

Saber entender nos lleva al reto educativo de enseñar a educir o discernir comprensivamente, jerárquicamente; pues que la realidad sea íntegra no significa que la vista, por ejemplo, tenga la misma importancia que las manos o el oído; es más, la importancia de cada uno de estos dependerá de si hablamos de un pianista, de un pintor, una modista o de un asesino. Saber entender, es saber explicitar el sentido de cada realidad situada y esencialmente, en su mundo y en el Universo, su por qué, cómo y para qué, su ser integral y su valor en el todo.  Saber entender implica saber definir, discernir, valorar, comprender.

Observación:    Ahora bien, no toda realidad es accesible del mismo modo. Para entender el ser y comportamiento del hidrógeno requiero acceder a él de distinta forma que para entender el ser y comportamiento de aquel niño. A la forma de acceso a las realidades hasta llegar a su entendimiento, llamamos método. En este sentido, debemos tener presente que saber es atenerse modestamente a la realidad y que el método es riguroso sólo si es el adecuado para llevarnos al encuentro y descubrimiento de la realidad. Las realidades personales, requieren de un distinto método que las realidades materiales, si queremos entenderlas como tales. Por ello, considerando la complejidad de la realidad, al menos para nuestro entendimiento, la sabiduría no es simplemente un modo lógico de conocimiento, sino una "disposición", “vocación”, “actitud” y “dedicación” de respetuoso encuentro con la infinita realidad.

FORMAS DE SABER

De acuerdo con el descubrimiento y/o realización de los valores -bien moral, belleza, verdad - y la búsqueda o cultivo, en orden a una mayor utilidad o provecho de la naturaleza, el saber puede ser: saber actuar, saber obrar o hacer algo y saber descubrir.

1.- Saber actuar dice relación directa con nuestro ser en cuanto orienta nuestras decisiones de vida. A diferencia de nuestra esencia, nuestra existencia no está hecha; debemos decidir en cada segundo el cómo existirla, realizarla.  Tomar una decisión correcta no es fácil; pues podría ser una elección conveniente pero injusta, correcta pero no prudente, correcta pero que atenta contra un bien mayor, un bien común o un Bien Final…  El saber actuar dice relación directa con el saber moral, dando lugar a una disciplina filosófica que llamamos ética.  Sólo el ser humano es un ser moral que, por lo mismo, puede actuar contrariamente a la moral, esto es, inmoralmente. El animal no es moral ni inmoral sino amoral; el hecho de no ser consciente de sus actos, de no tener otras opciones que las que determina su naturaleza y hábitat, le exime de hacerse responsable de sus actos.

El saber ético o saber de la moral, tiene que ver con el saber discernir entre el verdadero bien y el aparente bien o mal, el saber de las virtudes, principios generales que rigen los actos, calificándolos de buenos, menos malo, más malo o perversos, la casuística que estudia los atenuantes y agravantes, el mérito o inocencia, la deontología o ética profesional que estudia los deberes propios de cada profesional. 

2.-  Saber hacer algo es el saber del tecnólogo que nos dice cuáles son los principios que explican el cómo funcionan las realidades, de tal modo poder perfeccionarlas, transformarlas, inventar instrumentales u otras realidades que, en forma natural, no se habrían dado de la misma forma.

No es lo mismo saber hacer algo que “hacer algo”. El obrero u operario “hace algo”, por ejemplo, arma un auto, de acuerdo con las indicaciones que se le entrega, pero  no sabe los principios de su quehacer: el qué, para qué, cómo y por qué de cada pieza y sus funciones.  Quien sabe hacer algo es el técnico.  Ahora bien, en este saber interesa no sólo el saber hacer sino la obra producida o creada: la perfección del saber y la perfección de la obra. Si la finalidad de la obra es ser útil, hablamos de saber técnico y a la obra damos el nombre de producto, medio, instrumento. Si el ingenio de quien tiene el saber hacer técnico es tal, que no sólo entiende los principios de su quehacer sino que es capaz de inventar o crear un producto o mejorar otro, hablamos de ingeniero. Si la obra es fabricada en serie, hablamos de producción industrial y, si se elabora un objeto que sea útil y, al mismo tiempo, guste, se emplea el término “bonito-a”: un vestido bonito, un vaso bonito, un ornamental bonito, una artesanía.  Si el saber hacer tiene como finalidad la creación de una obra única, que exprese belleza y no utilidad y que, además, exprese el estilo, ideas, sentimientos de un momento también único en la biografía del artista, estamos ante la llamada obra de arte y a ese saber le llamamos “saber artístico.

3.-  Saber descubrir es el saber del filósofo o científico; implica un saber indagar, esto es un saber descubrir que permita discernir, definir y entender la verdad real o situación real que se indaga.  Dado que la verdad es real, pertenece a la realidad, la verdad no se inventa: se descubre y luego, demuestra.  Demostrar la verdad es dar razones, fundamentos, del por qué necesariamente algo es tal como es.